El recurso
a los almorávides se debió: por un lado al peligro
que suponían los cristianos tras la caída de Toledo
en el 1085, y por otro a la necesidad que tenían
los malik de las taifas de legitimar su poder gobernando
en nombre de un emir real. Para esto llamaron a los almorávides,
que controlaban el norte de África. Su emir, Yusuf
I, realizó tres campañas contra los cristianos en
el al-Ándalus antes de decidirse a su conquista, en
el año 1090. Con lo que los malik de las taifas no contaron,
fue con que Yusuf I ejercería el poder sin ellos de intermediarios.
Para deshacerse de los malik de las taifas les acusaba de impiedad, no
olvidemos que los almorávides eran una secta integrista
del islam. En el 1094 conquistó Sevilla, la taifa más
importante de al-Ándalus.
Tras la caída
de Sevilla los almorávides incorporaron al-Ándalus
a su imperio. En el 1108 todo al-Ándalus está dominado
por los almorávides, y el avance de los reinos cristianos
es detenido.
El gobierno
almorávide estuvo fundamentado en un cuerpo normativo muy complejo,
pero efectivo. Los descendientes de Yusuf I se dedicaron,
como antes lo hicieran los Omeyas, a cultivar la vida palaciega.
La corrupción se instaló en el gobierno
y la fidelidad al clan pudo más que el sentido del Estado. El intento
de reconstruir el califato fracasó, y la dinastía
cayó en el norte de África a manos de los almohades,
en el año 1145. La descomposición del Imperio almorávide
abre el segundo periodo de taifas.