En el proceso se distinguen cuatro periodos: la repoblación hasta el Duero, la repoblación hasta el Sistema Central, la repoblación de la submeseta sur y la repoblación de Andalucía y Murcia. Además, se diferencian tres ámbitos de avance: uno al oeste, el de los reinos de León y Castilla; y dos en el este, el de Navarra y Aragón y el de los condados catalanes, que desde 1131 es el mismo. En 1151 las coronas de Castilla y Aragón se reparten las zonas de expansión, en Tudillén. Este tratado se modificará en 1179 en Cazorla para suprimir el homenaje de los reyes aragoneses a los castellanos.
La ocupación se realizó de tres formas principales: por cesión del rey a los nobles que le prestaban servicios militares, por repoblaciones eclesiásticas de pequeños monasterios, que fueron absorbiendo las pequeñas propiedades campesinas de su entorno, y por repoblaciones de pequeños agricultores que se acogerán al derecho de presura. Esta últimas lograron escapar a las propiedades nobiliarias gracias a su condición de aldeas y comunidades de campesinos libres, con entidad jurídica propia. Estas eran las aldeas de behetría que podían elegir a su señor. Las dos primeras modalidades fueron más comunes en la expansión galaico-leonesa, mientras que la tercera fue más propia del espacio castellano. En las aldeas de behetría, y en las pequeñas aldeas de la frontera, aparece la figura del caballero villano, un caballero que, no pudiendo pagarse el armamento y el caballo, pertenecía a una villa que le sufragaba los gastos y a la que defendía. Esta figura aparece en el fuero de Castrojeriz del 974.
El peso de la repoblación de la frontera lo llevó: la nobleza guerrera en el caso aragonés, y los grandes monasterios en el caso navarro; aunque estas concesiones de tierras a los nobles no eran permanentes, y teóricamente volvían a la corona a la muerte del titular. Pero lo cierto es que se hicieron hereditarias y formaron grandes patrimonios territoriales. También crearon grandes patrimonios los monasterios, como el de San Millán de la Cogolla. El territorio de expansión inicial era mucho menor que en el reino astur, pero también la densidad de población de estos reinos era menor.
A diferencia
de las aldeas castellanas, las catalanas cayeron bajo el
dominio de un señor feudal que ocupaba un castillo y que
ejerció sobre ellas amplios poderes, hasta llegar a los malos
usos: la intestia, por la que el señor cobrará
la tercera parte, o más, de los muebles del labriego si moría
sin testamento; la exorquia, por la que es señor recibía
parte de los bienes del labriego si no dejaba descendencia, en el manso,
al morir; la cugucia, por la que el señor tenía derecho
a parte de los bienes, o a su totalidad, del labriego si su mujer era adúltera;
la arsina, o indemnización al señor en caso de incendio
del manso; la
firma de spoli por la que el señor recibía
una cantidad para autorizar una dote; y la remensa, por la que el
payés no podía abandonar el manso si no se pagaba una redención.
Este territorio, dominado por las castellanías,
se conocerá como Cataluña la vieja,
donde más intenso será el feudalismo.
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