En torno a los pueblos se estableció un sistema de explotación de la tierra, muy parecido en todas partes. En los alrededores inmediatos del pueblo se encontraban las huertas de frutas y hortalizas, las mejor regadas y abonadas, que se cultivaban de forma intensiva. Luego se situaban las tierras dedicadas a las leguminosas y los cultivos de regadío, más lejos estaba el cereal de secano, trigo y escanda, más allá los pastos y baldíos, y por último el bosque, que proporcionaba leña y caza.
Las órdenes religiosas tendieron a favorecer la roturación de tierras. En general las explotaban directamente, por medio de campesinos jornaleros. Mientras tanto, los señores feudales tendían a explotar sus tierras de manera indirecta, por medio de: arrendamientos, prestimonios, enfiteusis o foro, rabassa morta, aparcería, etc.
A partir del siglo XIII se comienza a renovar el utillaje, y empieza a utilizarse la mula, en lugar del buey, como animal de tiro.
Los productos básicos fueron los cereales, la vid y las hortalizas, pero también, el aceite, la miel, la sal y la pesca. La sal y las especias eran fundamentales para la conservación de los alimentos. Estas eran las principales mercancías de los mercados.
Desde el siglo XI los artesanos comenzaron a agruparse en cofradías de ayuda mutua. Estas cofradías estaban alentadas por la Iglesia y consagradas a un santo o virgen. Las cofradías comenzaron a reglamentarse por estatutos, algunos de ellos privilegiados, y acogían artesanos de distintos oficios. Paralelamente se crearon los gremios, con artesanos del mismo oficio, o de oficios complementarios, que reglamentaron la producción y el aprendizaje. Los reglamentos de los gremios regulaban desde cómo y con qué se debían hacer los productos, hasta los precios. Se intentaba evitar el fraude y la competencia irresponsable. Cada gremio tenía sus maestros, inspectores y cajeros, elegidos cada uno o dos años.
El aprendizaje del oficio también estaba regulado, y había tres categorías: aprendiz, oficial y maestro. Las condiciones del aprendiz estaban pactadas. El aprendiz lo era durante un periodo concreto, de tres a ocho años. Una vez superado el período se convertía en oficial y podía ejercer el oficio por su cuenta o por cuenta ajena. El oficial podía pasar a ser maestro superando un examen, que consistía en la presentación una obra maestra que acreditase su dominio del oficio.
Los gremios más poderosos tendieron a controlar el gobierno de la ciudad, y a tener un reglamento privilegiado, con sus propias leyes y sus jueces.
La mayoría de los ingenios que permitían transformar los productos agrarios para su consumo eran de propiedad señorial.
La industria textil fue una de las más prósperas, de una importancia casi tan grande como la agricultura. Además, implicaba a numerosos oficios, desde el ganadero hasta el tintado. Destacaron los paños florentinos y flamencos. Los paños eran, generalmente, de lana o piel; la seda era un artículo de lujo; pero también sobresalieron los paños de lino y cáñamo. En torno a la industria textil se desarrollaron los tintes, como el glasto, el alumbre, etc.
De importancia vital fue la minería, sobre todo metálica, que proporcionaba hierro para la labranza. Los productos principales serán: el hierro, el estaño, el cobre, el mercurio o azogue y el plomo. Las minas solían ser de propiedad real.
Fue de destacar la industria de la construcción, que nos dejó iglesias, catedrales, monasterios, lonjas, casas gremiales, castillos, puentes, murallas, etc. Las técnicas de construcción tuvieron una evolución impresionante, desde el arte prerrománico hasta el gótico. Este será un oficio de especialistas, donde la división del trabajo está más asentada.
Es en la Edad Media cuando comienza a desarrollarse la burguesía, y un incipiente capitalismo, que es plenamente feudal, como el resto de la sociedad. En cuanto se recuperó el comercio apareció el interés por acumular dinero, incluso con la patente de corso.
Desde el siglo XII mejoran notablemente los métodos de navegación, por la adopción de la brújula, el astrolabio y el timón fijo. Además, la capacidad de carga de las cocas, barcos mercantes, aumentó. La carabela, con sus 300 toneladas de carga, no fue inventada hasta el siglo XIV. Por otro lado, siempre fue muy importante la navegación fluvial. Todas las grandes ciudades de Europa tenían puerto, pero las nuevas técnicas facilitaban la navegación de altura. Constantinopla y Alejandría eran los grandes puertos comerciales internacionales del Mediterráneo.
El comercio internacional estuvo dominado por musulmanes, genoveses y venecianos. Genoveses y venecianos comerciaban, desde el siglo XI, sobre todo con Bizancio, pero también con Asia, a través de los musulmanes. Los productos más transportados fueron los metales y los paños, sobre todo de Flandes, Francia e Inglaterra; y las especias asiáticas. A lo largo de la Edad Media, los musulmanes pierden el dominio del Mediterráneo en favor de Aragón.
Pero el comercio no sólo se centró en torno al Mediterráneo. En el Atlántico norte y el Báltico se creó otro importante eje comercial, donde dominaban el comercio flamencos y normandos, desde el siglo XII. Desde aquí partían rutas fluviales (Rin, Danubio) y terrestres que llegaban a Novgorod y Kiev, y de allí a Asia. Otras rutas importantes comunicaban el Atlántico norte con la península ibérica. A través del sur de Francia, por el Ródano, se comunicaban estos dominios comerciales.
Muy fructífero fue, también, el comercio entre musulmanes y cristianos en la península ibérica, que conectaba las rutas musulmanas con las cristianas.
Fue en el ámbito
del comercio del Báltico donde las ciudades portuarias firmaron
un pacto de amistad y mutua libertad de comercio. El primer pacto lo firmaron
las ciudades de Liubeck
y Hamburgo en 1230, pero a él se fueron adhiriendo otras
ciudades. En 1247 se había creado la
Hansa, una asociación de mercaderes que se unió para
fomentar el libre comercio, terminar con la piratería y defenderse
de los príncipes de las ciudades que querían poner impuestos
de paso. La Hansa perduraría hasta 1669, y
llegó a contar con 200 ciudades asociadas, del entorno báltico.
Los mercaderes que establecían relaciones en diferentes ciudades velaban por sus intereses a través de los consulados. Los consulados organizaban las relaciones comerciales, tenían sus jueces, y procuraban infraestructuras, en los puertos, a los comerciantes.
El comercio al por menor se organizó en torno a un sistema de ferias y mercados locales en distintas ciudades. El mercado, o la feria, era una concesión real, que se desarrollaba en unos días concretos. Los mercados se montaban en planicies, o al pie de las murallas y puertas de las ciudades, ya que no había lugares abiertos dentro, aunque en ciudades importantes, como Barcelona, Valencia, París, Génova o Florencia se edificaron lonjas para albergar el mercado. Los días de mercado eran la oportunidad de hacer compras de lo que no se podía proveer el campesino. Los mercados estaban gravados con impuestos, que recibía el Señor. Se podían encontrar productos foráneos que traían los buhoneros, pero fundamentalmente se vendían productos de la tierra.
La feria
fue un mercado más importante, que se hacía en determinadas
fechas señaladas. Las transacciones de las ferias eran más
cuantiosas, y se compraban cosas que durarían todo
el año. Tuvieron ferias importantes Brujas, Ypres
,
Lille
, Champaña,
Beaucaire
,
París, Fréjus
,
Amberes y Medina del Campo. En Amberes y Brujas se creará la primera
bolsa
de valores (siglo XV); en Medina del Campo (siglo XIII) se inventará
la letra de cambio, o de
feria, desarrollada
luego en Italia, y en torno a ellas aparecen las instituciones financieras,
de crédito y préstamo, y el derecho mercantil.
Desde el siglo XII, se generalizan en Europa las acuñaciones de moneda, cosa habitual en el mundo musulmán. La moneda musulmana solía tener mejor calidad que la cristiana, y se utilizaba como moneda de intercambio internacional, habitualmente.
En 1401
se crea en Barcelona el primer banco europeo: la Taula
de Canvi. En el 1402 se abren establecimientos parecidos en Fráncfort,
en Génova en el 1407. Los banqueros italianos,
como los Medici
,
se hicieron con la hegemonía de la banca, para lo que implicaron
a sus familiares en el negocio, lo que les permitía tener abiertas
sucursales en diferentes ciudades.
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