Moavia (661-680) reestructuró el Estado islámico para hacer de él un sistema aún más centralizado. Traslada el califato a Damasco en el 661, una ciudad mucho mejor comunicada que Medina. Para aplacar los descontentos, da a los jefes de las tribus una nueva dignidad, y crea el Sura, un consejo consultivo que, además, debía aceptar la designación del sucesor del califa. El sucesor debía ser uno de los hijos del califa. El nuevo Estado islámico era semejante al bizantino o al persa, y dominará todo el mundo árabe.
Los sucesores
de Moavia: Yazid (680-683), Moavia II (683-684) y Marván
(684-685) ocuparon el poder durante cortos periodos de tiempo, lo que activó
las disidencias internas. Hubo de ser un califa más enérgico
Abd
al-Malik
(685-705) quien impusiese la paz. Se considera el 693 el
año de la reunión, por lograr establecer un
poder fuerte bajo su autoridad. Este califa hizo las primeras
acuñaciones de moneda islámica, profesionalizó
el ejército y continuó las conquistas.
Sin embargo,
el
imperio había crecido mucho, y su sucesor
Valid
I (705-715) no pudo controlar todo el territorio. En el 711
se conquista la península ibérica sin
pedir permiso a Damasco. Sin embargo, los califas de esta época
pudieron consolidar el poder.
Pero los conflictos
internos no habían sido extinguidos, y Marván
II (744-750) tendrá que enfrentarse a una crisis que, a la
postre, será el fin de la dinastía.
La oposición se reunió en torno a la familia
de los Abasíes, vinculados a Mahoma a través de su
tío Abás. En esta familia se concentró
la disidencia chií y todas las minoritarias, con lo que obtuvieron
un poderoso ejército con el que enfrentarse a los Omeyas. En el
749
Abú-l-Abás al-Safá
se proclama califa en Jurasán e inicia una guerra civil contra
el califa omeya. Al-Safá vence a Marván II
en Zab, e inicia una violenta represión contra su familia.
De esta represalia sólo se libró el
joven
Abderramán, que reconstruirá la
dinastía en Córdoba. Es el fin del califato omeya de Damasco.
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