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Sociedad y conflictos sociales

     La sociedad de la Baja Edad Media era estamental y feudal, en la que el conocimiento de otras regiones era muy limitado. En esta época estaban vivos varios idiomas en la península: castellano, leonés, galaico-portugués, catalán, árabe, etc., y todos ellos se hablaban en la Corte. La diversidad cultural se mostrara, además, en la pluralidad de religiones: católica, judía y musulmana, que se truncará durante el reinado de los Reyes Católicos: tras la llegada de la Inquisición en 1478, los intentos de conversión forzosa y la expulsión de los judíos.

     Pero la característica más llamativa de la sociedad de la Baja Edad Media era que, con el fin de la Reconquista, dejó de ser un pueblo de frontera y guerrero. Esto implicó que la sociedad estamental pasó a ser más cerrada, ya que había menos posibilidades de promoción por la guerra, y cobró importancia el linaje de sangre.

     Durante los siglos XIV y XV la población española aumentó gracias a la coyuntura económica favorable. Aunque hubo épocas, y en ciertas zonas, en las que la población disminuyó, como a causa la peste negra de 1349, la expulsión de los judíos en 1492 o la conversión forzosa de los moriscos en 1502.

     Había dos clases privilegiadas, la nobleza y el clero. La nobleza continuó aumentando, aunque no con señoríos territoriales, como durante la Reconquista, sino con señoríos jurisdiccionales, que permiten ejercer al señor, ciertas funciones públicas, pero no tenía la posesión de la tierra. La nueva nobleza, que aparecen con los Trastamara, forma la Curia Regia: los grandes de España, y constituyen la cúpula de la sociedad. Por debajo están los infanzones, caballeros e hidalgos, con un menor poder económico, pero con honra y privilegiados. Mientras dura la Reconquista hay una fuerte tendencia a la señorialización de la nobleza; pero con el fin de aquella, y el proceso de creación de una monarquía autoritaria, la nobleza se vuelve más cortesana. Los grandes de España se convierten en una oligarquía dentro de la aristocracia. Los privilegios de la nobleza se manifiestan, ante todo, por tener una jurisdicción propia, con sus jueces y ser perceptores de impuestos.

     El clero disfrutaba de similares privilegios, con una jurisdicción diferente. Eran perceptores de impuestos, y estuvieron exentos de las tasas. Pero también entre ellos hay diferencias sustanciales de rentas. No era lo mismo un párroco de aldea que el obispo de Toledo, o pertenecer a una de las órdenes religiosas. Las órdenes religiosas tienen tintes señoriales, ejerciendo su jurisdicción en sus propiedades. Son órdenes rurales, aún no han aparecido las órdenes urbanas ni mendicantes.

     La mayoría de la población pertenecía a las clases no privilegiadas, es decir, que estaban sometidas a la legislación común y pagaban impuestos, aunque dentro de ellos había asociaciones privilegiadas, como la Mesta, o los ciudadanos honrados de las diversas ciudades. La mayoría de la población era campesina, y la que más tributos pagaba. Abundaron entre ellos los pequeños propietarios libres, los ingenui, que debían prestar vasallaje. Algunas poblaciones eran de behetría, y podían elegir como señor a quien quisieran (aunque durante la Baja Edad Media tiende a desnaturalizarse). También estaban los mansos, que estaban sujetos a la tierra y eran vendibles con ella. En los mansos, principalmente catalanes, se generalizarán los malos usos, lo que creará problemas sociales. Sólo tras el decreto de libertad de 1480, de los Reyes Católicos, los campesinos de Castilla se ven libres para vender sus tierras y desplazarse a su antojo. En Aragón no se resolverá hasta la Sentencia Arbitral de Guadalupe en 1486, con la que se pone fin a la guerra de Remensa. Esta medida implica una progresiva independencia de los hombres con la tierra. En el mundo rural abundan los jornaleros, sobre todo en el sur.

     Aún no hay una diferencia clara entre lo urbano y lo rural, ya que muchos habitantes de las ciudades viven del campo. Durante los siglos XIV y XV la burguesía comienza a despuntar como grupo social importante. Son mercaderes y artesanos en las ciudades, y controlan el poder municipal. La ciudad prospera gracias al fuero y a su notable influencia política en las Cortes. Los artesanos y los mercaderes se asocian en gremios y cofradías para controlar la producción y su actividad profesional. Estos gremios y cofradías asumen un código de conducta que puede ser ratificado por el rey, con lo que se convierten en gremios y cofradías privilegiadas.

     En la sociedad de los siglos XIV y XV también hay minorías perseguidas, generalmente urbanas. Los judíos y los mudéjares son las minorías más importantes: la esclavitud está en declive. Contra ellos se promulgan numerosos decretos, con prohibiciones sobre: el matrimonio, el ejercicio de determinados oficios, etc. En 1412 se ordena el encerramiento de los judíos y de los moros en barrios separados, se les obliga a conversiones forzosas y se generalizan los pogromos contra ellos.

Conflictos sociales

     La Baja Edad Media es un periodo socialmente convulso, pero se pueden diferenciar dos etapas. Hasta el siglo XIV los conflictos se centran en las ciudades, de creación muy reciente, y situadas en el camino de Santiago. Se generalizan los pogromos contra los judíos, pero en conjunto es un periodo de relativa tranquilidad. A partir del siglo XV se intensifican los conflictos sociales que tienen un carácter más global, incluso antiseñorial.

     La coyuntura económica del siglo XIV es depresiva en Castilla, en Aragón lo será en el siglo XV, lo que dispara los conflictos. La detención de la Reconquista favorece las guerras civiles por el poder municipal, señorial o por la sucesión de la corona. El aumento del poder señorial durante la Edad Media provocó muchas protestas en numerosas ciudades, quejas que llegarán a las Cortes, pero de ámbito local. Habrá revueltas, por ejemplo, cuando un territorio de realengo pase a ser señorial.

     Los abusos señoriales se habían generalizado en Galicia, y el rey no podía poner orden en la región. En 1418 los compostelanos se unen en una irmandade y se levantan contra el señorío arzobispal. En poco tiempo se generaliza una guerra, la primera guerra irmandiña, que se extiende por todo el reino contra la nobleza y el clero. Esta fue una rebelión antinobiliaria que enfrentó a los concejos con los señores, y que logró la huida de los nobles del reino. Entre 1467 y 1469 se generaliza otra rebelión irmandiña. La segunda guerra irmandiña enfrentó a los campesinos, la burguesía y la baja nobleza y el bajo clero contra los grandes señores feudales. La guerra Irmandiña llegó a extenderse por todo el reino de Galicia. Pero a partir de 1469 el movimiento irmandiño pierde vigor y la nobleza tratará de recuperar sus posesiones, con el favor de la Isabel I.

     En la Corona de Aragón las luchas campesinas alcanzaron su culmen en Cataluña, con el movimiento de remensa. La remensa fue una sublevación de los trabajadores rurales y payeses acomodados, de carácter antiseñorial, para librarse de la vinculación a la tierra y los malos usos. Se partió de una explosión espontánea y se llegó a una rebelión generalizada y organizada, apoyada por los juristas y la corona. Hubo dos guerras de remensa, una entre 1462 y 1472, y otra entre 1484 y 1486. Las guerras de remensa terminan con la Sentencia Arbitral de Guadalupe en 1486, que proscribe los malos usos. Fue una solución de compromiso típicamente aragonesa.

     En Mallorca la revuelta más importante fue la de los forans, entre 1450 y 1452. Fue una rebelión de los forans (campesinos) contra los ciutadans (ciudadanos) que culminó con el asedio de Palma, y que consiguió el apoyo de los menestrales de la ciudad. Fue, ante todo, una protesta contra el desigual reparto de los impuestos y el control del gobierno municipal.

     El resto de los conflictos fueron muy locales, generalmente una lucha por el poder municipal, como en Córdoba y Úbeda en 1307, Fuenteovejuna en 1476, y en casi todas las ciudades a lo largo del período.

     Más generales fueron los pogromos contra los judíos y conversos, tanto en el siglo XIV como en el XV. En ellos confluían causas económicas y sociales. El estallido más importante se produjo en 1391. Comenzó en Sevilla y en cuestión de dos meses se había extendido por toda Andalucía, Levante, Cataluña y algunas ciudades castellanas. El pogromo de Toledo de 1449 se extendió por toda Castilla. También se generalizó el pogromo que comenzó en Córdoba en 1473.

     Los movimientos rebeldes de la época tenían un escaso carácter reivindicativo, y en general se limitaban a pedir el respeto a las viejas costumbres. Frecuentemente terminaban con una solución pactada.
 

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