El XVIII
es un siglo de decadencia y quiebra del sistema, a pesar del control
y la centralización del Estado que los Borbones pretendieron. La
guerra
contra los piratas y contra Inglaterra, que se había hecho
dueña de todas las rutas marítimas, redujo el comercio con
las Indias. También se luchó con Francia,
por el control del Atlántico. En 1713 se firma el
Tratado de Utrecht, que liberaliza el comercio con las Indias y
se permite traficar a Inglaterra y otros países europeos. Se termina,
también, con las compañías privilegiadas que comerciaban
con América. España intenta diversos sistemas de protección
del comercio con la península. Se prohíben
las transacciones interregionales entre los distintos territorios
de las Indias, y con Filipinas, que se estaba convirtiendo en un mercado
muy importante, marginando a España. Pero en 1785
se decreta la libertad de comercio con América.
Las tendencias
centralizadoras de los Borbones chocan con la relativa autonomía
de ciertas instituciones en América, particularmente las
misiones de los jesuitas, que son expulsados
por Carlos III en 1767. El abandono de sus misiones provocó
el aumento de los abusos contra los indios.
Las tensiones
en las Indias, y la inseguridad de las rutas, favorecieron la militarización
general, lo que provocó gran descontento. Carlos III confió
a José Gálvez una visita con el fin
de conocer las peculiaridades del gobierno de las Indias. Gálvez
promueve la creación de nuevas intendencias
y otra división de los virreinatos: Nueva Granada
y Perú, con capital en Buenos Aires.
En la sociedad
indiana aparecen los criollos, que serán marginados
del gobierno y a la postre impulsaran la independencia, ya en el siglo
XIX.