En los países calizos las cuevas ofrecieron, desde el principio, refugio a los grupos humanos. Se documentan desde el Paleolítico hasta el fin del Neolítico. No obstante este es un recurso relativamente escaso, y sólo permite acondicionar la cueva para vivienda o determinados ritos, como el enterramiento, documentado en la sima de los huesos de Atapuerca.
Los neandertales que llegaron hasta Siberia y a regiones esteparias con pocos árboles, se empleaban los huesos de mamut recubiertos por pieles y delimitados con tierra compacta. Los pueblos nómadas debían tener viviendas ligeras que pudiesen transportar. Normalmente llevarían consigo las pieles de recubrimiento, lo más difícil de encontrar y algún elemento de sustentación central. Si no era posible hacerse con él.
Ya en el Mesolítico se han encontrado estructuras de piedra que claramente pertenecen a viviendas, como chimeneas y pavimento, lo que sugiere que el resto de la vivienda estaba hecha de elementos orgánicos. En esta época se documenta la vivienda sobre palafitos en poblados construidos muy cerca de las orillas de los ríos y lagos.
En el Neolítico
se generaliza la vivienda artificial y se sitúa
en lugares fácilmente defendibles, y que no sean superficie agrícola
útil. La agricultura obliga a la sedentarización
de la población cerca de los lugares buenos para la agricultura.
Suelen ser viviendas de una o dos estancias, de planta
circular, elíptica o cuadrada. El muro de cierre
suele ser de piedra sin labrar o adobe mientras que la techumbre
es de elementos orgánicos, ramas, paja, etc. En las comunidades
agrícolas además de vivienda existieron edificios
específicos para guardar el grano y la cosecha.
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